Cuando sea grande quiero ser feliz

cuandoseagrandeEs muy común que los adultos cuando crecemos nos olvidamos que fuimos niños. O sea, sabemos que eventualmente nacimos y tuvimos una infancia, tenemos recuerdos de esas vivencias, pero muchas características propias de los niños como la espontaneidad, la capacidad de juego, de diversión, la frescura las vamos perdiendo en el camino de convertirnos en adultos. Vamos adquiriendo, viendo, copiando los modelos y patrones que tenemos a nuestro alrededor, en primera instancia en nuestro núcleo familiar, en el colegio y vamos tomando cosas de nuestro entorno y de la sociedad en la que nos tocó crecer.

Un proceso natural de crecimiento que es necesario para seguir evolucionando y poder enfrentarnos al mundo, pero que también conlleva a dejar ciertas características propias de la infancia que son necesarias para vivir una vida feliz.

Le podemos preguntar a cualquier niño para verificar, pero la realidad es que cuando somos chicos no soñamos con vidas super complejas, calendarios llenos de cosas, con estar atascados en el tráfico, trabajar de traje y corbata o usar tacos incómodos. De chicos queremos ser astronautas, cantantes, artistas. No vemos límites, no hay obstáculos, todo es posible. Somos seres llenos de posibilidades sin pensamientos negativos límitantes y todavía no tenemos tanto MIEDO de todo.

Como dice Marianne Williamson:

” El amor es con lo que nacemos. El miedo es lo que aprendemos. El viaje espiritual es el des-aprendizaje del miedo y los prejuicios y la aceptación del amor de nuevo en nuestros corazones. El amor es la realidad esencial y nuestro propósito en la tierra. Ser conscientes de ello, experimentar el amor en nosotros mismos y los demás, es el sentido de la vida. El significado no reside en las cosas. El significado reside en nosotros mismos”.

La idea no es convertirnos en “Peter panes” o niños para siempre, sino que recordemos que hay ciertas cosas que son naturales de los niños que podemos seguir alimentando aún siendo adultos. Alimentar la simpleza, escuchar el corazón, estar presentes, disfrutar un momento como si eso fuese lo único que importara, ser inocentes, espontáneos, frescos.

Es por eso que cuando vemos a un niño sentimos esa alegría, esa ternura instantánea que nos hace recordar esa esencia, esa energía que aunque la hayamos olvidado es parte de nosotros en algún rincón de nuestro ser. Conectarse con eso siendo adulto es poderoso, nos puede hacer ver las cosas de otra manera y re-aprender a vivir nuestra vida desde un lugar mucho más sano, más simple y capaz nos haga no querer tanto SER alguien o TENER cosas, sino SER felices de verdad.

Linda semana! Besos, Caro

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